SOLO EN LA COMPAÑÍA
En las montañas más altas de Quilalí de Las Segovias
y en las zonas mortales de estas tierras heroicas,
entre diez y siete compañeros estrechamente unidos por
la aventura, yo, Manolo Cuadra,
raso número 4395,
iba solo.
Hablan los compañeros de las coplas canallas
surgidas en la hora como una flor de alivio:
cantinas, copas rotas, meretrices…
Yo voy como un tornillo fuera de mecanismo
diciendo a sottovocce mis estupendas misas:
la tragedia de esta raza aborigen,
su pasado lleno de plumas y caciques,
el futuro elevado de su destino insigne.
Hoy por hoy voy de caza contra el indio furtivo,
extranjero en sus propias selvas americanas;
el que sembró cereales de esperanza
y cosechó vientos de pasión ciudadana;
el que enterró la esteva
en el abono de su campiña rica
y vio truncarse el tallo de oro de la espiga
cuando dijo su augurio la boca de la Esfinge.
¿Y mañana?
Soplarán de los puntos cardinales
vahos vigorizantes de enviones proletarios.
Algo que no sospechan las democracias:
espíritu de Rusia, cultura americana.
Pues, en la misma gleba donde la bota hercúlea
tornó la arcilla estéril,
han de surgir violentos
los estandartes nuevos!
Otra vez:
cantinas, copas rotas, meretrices…
(Pero no me tienta la mochila,
menos la inútil precisión de mi rifle)
En las montañas más altas de Quilalí de Las Segovias
y en las zonas mortales de estas tierras heroicas,
entre diez y siete compañeros estrechamente
unidos por la aventura,
yo, Manolo Cuadra,
indio hijo de indios,
de pies electrizados por un amor de gleba
y ojos en los que asoma el orto de un sol nuevo,
repito que iba
solo.
Autor del poema: Manolo Cuadra
Venus
En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.
En busca de quietud, bajé al fresco y callado jardín.
En el oscuro cielo, Venus bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.
A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,
que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín,
o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.
«¡Oh reina rubia! -dije-, mi alma quiere dejar su crisálida
y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,
y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.»
El aire de la noche, refrescaba la atmósfera cálida.
Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.
Autor: Rubén Darío.
La Cazadora
Si mi vida no es mía, sino tuya,
y tu vida no es tuya, sino mía,
Separados morimos cada día
Sin que esta larga muerte se concluya.
Hora es que el uno al otro restituya
Esa vida del otro que vivía,
Y tenga cada cual la que tenía
Otra vez en el otro como suya.
Mira pues, vida mía, que te espero
Y de esa espera vivo mientras muera
La muerte que, sin ti, contigo muero.
Ven, mi vida, a juntar vida con vida
Para que vuelva a ser la vida que era
Que la vida a la vida a la vida convida.
Autor: José Coronel Urtecho.
VENTANA
Un trozo azul tiene mayor
intensidad que todo el cielo,
yo siento que allí vive, a flor
del éxtasis feliz, mi anhelo.
Un viento de espíritus, pasa
muy lejos, desde mi ventana,
dando un aire en que despedaza
su carne una angélica diana.
Y en la alegría de los Gestos,
ebrios de azur, que se derraman…
siento bullir locos pretextos,
que estando aquí, ¡de allá me llaman!
Autor: Alfonso Cortés
CEMENTERIO
La tierra aburrida de los hombres que roncan
es aquella que habitan los pájaros pobres,
las gallinas que comen las piedras
las lechuzas que braman de noche.
Una jaula de arena, una urna de lodo
es la tierra aburrida de los hombres que roncan.
Una jícara negra, una seca tinaja,
un carbón, una mierda, una cáscara.
En la tierra aburrida de los hombres que roncan
donde viven los pájaros tristes, los pájaros sordos,
los cultivos de piedras, los sembrados de escobas.
Protejan los escarabajos, cuiden los sapos
el tesoro de estiércol de los pájaros pobres.
Los pájaros enfermos, los vestidos de sombra,
los que habitan la tierra de los hombres que roncan.
Tengo un triste recuerdo de esa tierra sin horas,
la picada de pájaros, la que se desmorona.
Con murciélagos me persigue de noche
su horizonte de barro y su luna de broza.
En la tierra aburrida de los hombres que roncan
se hizo piedra mi sueño, y después se hizo polvo.
Autor: Joaquin Pasos.
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